Nunca abras la puerta, si estas solo...

Misterio

  • 2 semanas
  • jleo

Nunca abras la puerta, si estas solo...

Todo empezó cuando tenía 6 años....

Recuerdo que me encontraba en el colegio, en una clase de lectura y redacción, y necesitaba orinar… qué dilema. A esa edad, un considerable número de compañeros aún se orinaban en los pantalones, y siempre tuve la paranoia de avergonzarme en público de esta forma.

Levanté la mano y solicité a Miss Zebby permiso para ir al baño. Tras el cotidiano sermón de que “debería haber ido durante el recreo”, me entregó las llaves para el baño de acceso restringido (pues era el más cercano al salón de clases).

Estaba a mitad de la quinta clase, y aquellos pasillos vacíos parecían interminables para mí. En aquella época era bastante chaparro y escuálido. En ocasiones tenía problemas con las puertas, sobre todo cuando se trataba de abrirlas, así que perdí uno o dos minutos intentando abrir aquella maldita puerta.

Como sea, apenas me senté en el inodoro, escuché unos golpes en la puerta.

“Está ocupado”, respondí irritado por la perturbación de mi tranquilidad.

Hubo una pausa, después se escucharon otros golpes. Ahora eran más rápidos y con mayor determinación.

“Un minuto, por favor”.

Los golpes se hicieron más lentos, y una voz me respondió:

“Déjame entrar. Tengo que entrar”.

Quien haya respondido tenía un tono de voz bastante claro y conciso: un adulto que no reconocía. Quizá haya tenido 6 años, pero tenía noción de cómo funcionaba la etiqueta en un baño. Principalmente de que no se debe dejar entrar a más de una persona en un área que apenas y supera la de un armario.

“Váyase”.

Nuevamente los golpes se intensificaron, como si tocaran un tambor de forma frenética a unos cuantos metros y fuera de mi vista. Pude escuchar la voz gritando algo, y en cada repetición parecía más desesperada.

“Déjame entrar. Sólo abre la puerta, por favor”.

En ese punto ya estaba aterrorizado. Los golpes y los gritos eran sumamente fuertes, y nadie se había presentado a ver que pasaba. Después de un tiempo, la profesora fue a buscarme, molesta porque había estado casi media hora afuera de la clase. Cuando me rehusé a abrir la puerta para permitirle entrar, tomó la llave de reserva de la recepcionista y me llevó hasta la dirección donde solicitó la presencia de mis padres. Me suspendieron lo que quedaba de esa semana. Jamás le conté a nadie lo que había pasado.

Algunas semanas antes de mi próximo encuentro con este fenómeno, acababa de cumplir 7 años y mi familia organizaba un asado para celebrarlo. Era un glorioso día soleado, y aunque ya habíamos dispuesto todo en el jardín trasero, el carbón se negó a encender. Mi padre me pidió que fuera por un soplete portátil a la cochera en el jardín de enfrente.

El espacio era bastante reducido aquí, así que me las arreglé para recorrer el camino hasta donde se encontraba el soplete. Me puse sobre las puntas de los pies para alcanzarlo, y la puerta se cerró. Mientras me acercaba, unos golpes frenéticos se escuchaban del otro lado de la puerta.

“Abre, tengo que entrar”. No era la misma voz que había escuchado un mes antes, era más profunda, más preocupada y mucho más irritada.

No respondí nada y me paralicé. No tenía idea de lo que estaba sucediendo, pero aquello me aterraba. Cuando me alejé, se escuchó un “golpe” final, como si un puño hubiera fracturado la madera, y nuevamente escuché su voz:

“Pequeño bastardo. Te arrancaré los dientes. ¡Déjame pasar!”.

Regresé a la fiesta y me pasé el resto del día mirando sobre mi hombro.

Como debes suponer, hubo muchas de estas voces. Conté al menos una treintena. Solía escucharlas todo el mes, implorando que les permitiera pasar por las puertas. Casi siempre inmediatamente después que cerraba una puerta tras de mí, como si aquellas extrañas entidades me estuvieran siguiendo. Jamás se lo conté a nadie pero, siendo honesto, intenté acostumbrarme. Aquel fenómeno siempre me sobresaltaba, y algunas de las voces me producían escalofríos, pero sabía que estaba a salvo mientras no abriera la puerta.

No sólo me acostumbré a algunas de estas voces, sino que les puse nombres. Había una que siempre se manifestaba en la puerta principal de mi casa. La puerta tiene un cristal difuminado, y a través de él veía la silueta de un hombre de tamaño promedio, portando un sombrero o algo de esa clase. Jamás hablaba, pero ocasionalmente dejaba sobres en el buzón del correo. Solía llamarlo El cartero. Era uno de los más perturbadores. Cuando intentaba hablar con él, se volteaba bruscamente y empezaba a golpear la puerta. Al final, supe que lo mejor era dejar al cartero en paz.

Pasaron 20 años e intentaba mantenerme lo más cuerdo y normal posible. Tengo amigos e incluso una relación un poco inestable con una mujer que conocí el año pasado. Nada mal para alguien que se despierta en el medio de la noche a escuchar con atención ruidos al otro lado de la puerta. Sí, mis amigos creen que soy raro, pero me toleran. Todos son buenas personas. Realmente los voy a extrañar.

Sabes, las cosas empezaron a ponerse extrañas. Bueno, supongo que más extrañas de lo habitual. Hace 3 semanas desperté sudando y llorando, aunque no supe porque. Hasta donde recuerdo, mi sueño había sido bastante normal hasta que una sombra enorme repentinamente lo cubrió todo. Literalmente, en el instante en que abrí los ojos, siguieron los golpes de la puerta en mi habitación. No eran golpes normales. Era algo totalmente frenético.

“¿Quién anda ahí?”, grité.

“Por favor. Ayúdanos”, me respondieron. Me sorprendí. Era la misma voz sádica e irritante que había escuchado en la cochera de mi padre en mi séptimo cumpleaños, pero parecía genuinamente sincera. Además tenía un tono de dolor, como si hubiera sido herido de gravedad. De hecho, me encontré a mí mismo buscando los anteojos para levantarme y abrir, pero dudé. Nunca antes había intentado abrir la puerta. Supongo que, como niño, tenía la idea de que lo que sea que estuviera allí era malo, cuestión de sentido común. Para ser honesto, estuve a punto de dejar que aquella cosa entrara en mi habitación esa mañana. Pero al final me contuve.

La situación empeoró. Apenas 2 días después, me encontraba dentro de una tienda. Apenas terminé de pagar por un bote de leche y un periódico, una fuerza terrible golpeó la puerta del establecimiento. De forma simultánea, una voz empezó a gritar, un agudo y largo grito de dolor. Me volteé para ver la puerta, pero había tantos folletos pegados al cristal que sólo pude distinguir la forma de una mujer del otro lado, golpeaba las manos contra una ventana. El vendedor me observó como si estuviera loco.

Al final, terminé preguntándole si tenía un baño que pudiera usar, murmuré una disculpa y me escondí en aquel lugar durante 10 minutos hasta que los gritos se fueron. Sucedieron más incidentes después de este, una mezcla de gritos y lágrimas que imploraban. El cartero también se fue. Tocó educadamente antes de dejar su carta habitual en el buzón de correo.

Entonces otra. Y otra.

En total sumaron 10 sobres simples y amarillentos. El cartero se mantuvo en espera durante algunos minutos, golpeando ocasionalmente, y entonces me dejó solo.

En cada carta había una hoja de papel A4. Pero alguien había tomado un bolígrafo negro y usado las páginas, rayando garabatos con tanto vigor que había grandes lágrimas en torno al centro. Los bordes estaban desgastados. Las puse de nuevo en los sobres e intenté retirarlas de mi mente.

Más tarde, la puerta de mi habitación temblaba violentamente. No era un grito, un gruñido ni un rugido lo que escuché. Sólo era llanto. Decenas y decenas de voces, sollozando sigilosamente. Otro golpe se escuchó en la puerta. El yeso se desprendió de las paredes y cayó en el tapete. No había súplicas ni negociaciones, no era más que llanto.

Se escuchó un estruendo.

Salté de la silla.

Un nuevo estruendo.

Apareció una fina grieta en la esquina de la cerradura de la puerta.

Mi teléfono empezó a sonar y escuché un fuerte golpe en el vidrio de la ventana, atrás de las cortinas. Respondí el teléfono, pero no eran más que voces sollozando, en un grito de terror y angustia. Lo apagué, pero siguió sonando, entonces le quité la batería.

Empujé la mayor parte de mis muebles contra la puerta y la ventana. Habían pasado tres horas desde el último intento de ingreso. Los golpes agresivos no habían disminuido. Tampoco el llanto. Estoy seguro de que la puerta no aguantará más. Respecto a mi mediocre barricada, creo que podrían barrerla en un par de minutos. Me enfrento a una posibilidad real de muerte, por eso escribo esto, por si algo me llega a suceder.

– Estruendo.

¿Qué quieren?

– Estruendo.

¿Todavía me quieren lastimar?

– Estruendo.

Parecen determinados, incluso maliciosos.

– Estruendo.

Tal vez deba abrir la puerta.

– Estruendo.

Quizá deba dejarlos entrar.

– …

El silencio se apoderó del ambiente. Noté que incluso el llanto se había ido. Durante un minuto me senté en aquel lugar. Entonces me levanté y corrí a la puerta, ansioso por escapar de aquella situación claustrofóbica, tal vez allá afuera puede estar lejos de cualquier puerta y de los malditos golpes. Retiré mi barricada y giré la manija.

Cerrada.

De rodillas, espié por el agujero de la cerradura. A través de la puerta de mi habitación no podía observar el corredor que yo recordaba, era otro lugar, una especie de biblioteca o salón de clases. Parecía vacío, excepto por un niño sentado que daba lectura a un libro, de espaldas a mí. Golpeé la puerta.

“Oye, niño. Déjame salir”.

Él observó por encima de su hombro.

“Sí, aquí. ¿Puedes abrir la puerta, por favor?

“No puedo. Estoy castigado. No debo hablar con nadie. Vete”.

Regresó a lo que estaba haciendo. Confundido y exasperado, empecé a levantarme. Un estruendo alto rompió el silencio una vez más. Era un puño que golpeaba contra el vidrio. ¡Mi ventana!

Lo escuché otra vez. Pero no era el golpe frenético de alguien queriendo entrar. Ni siquiera un intento de invadir la habitación. Lo que sea que haya estado del otro lado de la ventana sabía que yo estaba dentro de esa habitación. Sabía que tenía miedo. De la forma más sádica posible, quería que tuviera miedo.

 

Me regresé a la puerta y empecé a golpear frenéticamente.

“Oye, déjame entrar, ¿si? Realmente necesito que abras la puerta…”

 

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